Esas otras cosas que se dicen en las paredes II

Las ciudades y los pueblos están llenos de curiosas pintadas que adornan o ensucian, según se mire, las paredes de nuestros barrios y casas. Paredes que, en realidad, muchas más veces de las que creemos, hablan. ¿Y qué nos dicen? De todo. Pintadas de amor, filosóficas, eternas…

Las que hoy comparto con vosotros están recogidas todas en Gijón (Asturias) y es muy interesante, os lo aseguro, prestar atención y fijarse en lo que dicen. ¿Qué es es lo que en ellas plasman quienes viven a nuestro alrededor? ¿Qué es lo que piensan, lo que sienten, lo que comparten? ¿Qué nos quieren decir? Pensad que, más o menos bonitas, con más o menos estilo y más o menos correctas, son, al fin y al cabo, una forma de manifestación.

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Versos ásperos IV

Hoy retomo esta minisección sobre los versos que aparecen por la ciudad de Gijón en diferentes lugares y que yo he llamado versos ásperos, pues en ellos siempre encuentro cierta amargura; cierto resquemor por el hoy y el mañana. También nostalgia del ayer. Es lo que, quien los coloca, parece decirnos. Su forma de entender el mundo.

Cuando comencé a verlos, en el año 2020, eran opiniones sobre la situación pandémica, el confinamiento, algunas actuaciones políticas relacionadas con el ocio y la hostelería, etc., pero, poco a poco, se han tornado cada vez más religiosos o con componentes tales. Quien elabora estos poemas ya no esconde sus creencias (que en sus primeros poemas ya se intuían) y en ente caso concreto, incluso opina sobre el actual Papa.

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‘Mundo eléctrico’

MUNDO ELÉCTRICO

Apretó con fuerza el cuello, retorciendo entre sus dedos los cables que daban vida a ese androide al que nunca amó, pero con el que siempre soñó. Presionó hasta que lo apagó y sus chipas se esfumaron.

Después, se sentó en el diván, a su lado, y lo miró con pena. ¿Qué iba a ser de él ahora? ¿Cuál sería su motivo para seguir adelante? Entonces puso las manos en su propio cuello y tiró de los cables. Él también debía apagarse.

Copyright © 2022 Verónica García-Peña

Inspiraciones I: Las tormentas de mi infancia

Empieza una nueva minisección en la que compartiré con vosotros pequeños detalles (pero no por pequeños serán poco importantes) que más me inspiran a la hora de escribir y que, quizá, también puedan inspiraros a vosotros. Hoy, las tormentas.

Las tormentas de mi infancia huelen a flores y son parte importante de mi imaginación. Musas de humedad y color que me ayudan a crear historias. Y es que la imaginación bebe de mil lugares muy distintos y, quizá, los recuerdos sean una de sus mayores fuentes. Nunca desechéis el recuerdo como inspiración, sea este más o menos real porque los recuerdos, eso también debemos tenerlo en cuenta, tienden a cambiar con el paso de las estaciones.

Llueve. Empiezan las primeras gotas a repiquetear en el cristal. Las oigo. Me asomo y, ¿sabéis una cosa? Todavía puedo oler las flores.

Hay flores que son historias. Hay flores que son personajes. Hay historias…

Creadora de historias

Y esta soy yo. Creadora de historias. Un yo que busca, siempre busca, en ese futuro incierto, cómo enderezar la pared, aunque eso suponga tirarla abajo para empezar de nuevo. Porque una pared torcida es una pared enferma que acaba por derrumbarse. Y a mí me gustan las paredes bien hechas.

Escribanos, pues, esa pared y hagamos que perdure más allá del tiempo y la memoria. ¿Me acompañáis?

La memoria de lo no vivido

Ahora que se acerca el final de año, tendemos a hacer balance de todo lo bueno y malo que nos ha pasado; de lo vivido y lo perdido. También, cómo no, está en nuestra naturaleza, de todo lo que pudo haber sido y no fue. De esos trenes que no cogimos y de esas habitaciones de hotel a las que decidimos no ir. Esa mirada que se perdió entre la muchedumbre o aquel roce que dejamos pasar.

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‘Insurrección autómata’

INSURRECCIÓN AUTÓMATA

Llevo un rato tarareando una famosa canción de Alaska en la que los electrodomésticos se rebelan y leen a Marx porque eso es, precisamente, lo que ha pasado hoy en mi casa.

Tengo a la tostadora y a la sandwichera con pancartas y gritando proclamas sindicalistas mientras pasean de un lado a otro de la encimera exigiendo un horario que les permita conciliar mejor su vida familiar y profesional. La panificadora les apoya.

La lavadora, el horno y el lavavajillas, junto a la vitrocerámica, están de asamblea. Discuten si secundan la huelga que ha iniciado el microondas porque en casa, al pobre, nadie lo usa y cree que es víctima de ‘mobbing’.

La nevera, por su parte, no me deja abrirla. Se niega a ser utilizada como un simple objeto cosificado. «Tengo sentimientos», me grita irritada.

Así, estoy en la calle. He decido que un paseo es mi mejor opción porque al salir de la cocina, he oído jaleo en el salón. Creo que el televisor es el cabecilla y junto con la aspiradora y otros objetos autómatas de mi hogar, se han vuelto humanos.

Copyright © 2021 Verónica García-Peña