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Hace tiempo, en un país no muy lejano, vivía un joven escritor que tras muchas horas y horas de esfuerzo, lágrimas, lucha, malos sueños y mucho trabajo, por fin, un día nevado de diciembre, terminó una estupenda novela que tituló La habitación de abajo.
Con la obra terminada, corregida y mil veces leída, confiando en su suerte y sobre todo en su buen hacer pues sabía que su novela era buena, decidió mandarla a algunas editoriales. Hizo las copias oportunas, las encuadernó y, junto con una carta de presentación, mandó su manuscrito llenando los sobres también de ilusión y ganas de darse a conocer.
En su casa, ocupándose de otros asuntos, trabajando en nuevos y viejos manuscritos, esperó. Esperó durante meses hasta que un día, allá por el mes de marzo del año siguiente, le llegó una carta en la que se le comunicaba que una de las editoriales estaba interesada en su obra.