Inspiraciones I: Las tormentas de mi infancia

Empieza una nueva minisección en la que compartiré con vosotros pequeños detalles (pero no por pequeños serán poco importantes) que más me inspiran a la hora de escribir y que, quizá, también puedan inspiraros a vosotros. Hoy, las tormentas.

Las tormentas de mi infancia huelen a flores y son parte importante de mi imaginación. Musas de humedad y color que me ayudan a crear historias. Y es que la imaginación bebe de mil lugares muy distintos y, quizá, los recuerdos sean una de sus mayores fuentes. Nunca desechéis el recuerdo como inspiración, sea este más o menos real porque los recuerdos, eso también debemos tenerlo en cuenta, tienden a cambiar con el paso de las estaciones.

Llueve. Empiezan las primeras gotas a repiquetear en el cristal. Las oigo. Me asomo y, ¿sabéis una cosa? Todavía puedo oler las flores.

Hay flores que son historias. Hay flores que son personajes. Hay historias…

La memoria de lo no vivido

Ahora que se acerca el final de año, tendemos a hacer balance de todo lo bueno y malo que nos ha pasado; de lo vivido y lo perdido. También, cómo no, está en nuestra naturaleza, de todo lo que pudo haber sido y no fue. De esos trenes que no cogimos y de esas habitaciones de hotel a las que decidimos no ir. Esa mirada que se perdió entre la muchedumbre o aquel roce que dejamos pasar.

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La lluvia y yo

En todas mis novelas, la lluvia está presente, sobre todo en las dos últimas. ¿Sabéis por qué? Porque tengo un recuerdo muy especial relacionado con ella que me acompaña siempre que escribo.

En invierno, cuando estudiaba en la universidad y regresaba de noche, me bajaba del autobús y el aire frío y la lluvia me golpeaban la cara. Esa sensación me decía que ya estaba en casa. Cuando escribo el tiempo que va a hacer en mis novelas, intento plasmar ese recuerdo en las páginas. Me gusta que algunos de mis personajes sientan esa emoción.