Y si…

Así. Tal cual. Con esa pequeña introducción pueden nacer grandes ideas.

Muchas veces, cuando me preguntan de dónde surgen las mías, suelo responder que de un “y si…” porque no hay mayor fuente de inspiración que la curiosidad. Por ejemplo, vas por la calle, ves una mujer que pasea sola. Parece triste. La miras, la observas y, como una chispa, a tu mente acude una idea. Pequeña en principio. Solo una idea, pero que no deja de rebotar en tu cabeza. Pasan los días e incluso las semanas y, al final, esa pequeña luminosidad es el germen de una gran historia que contar.

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El nacimiento de una idea

Ya hemos hablado otras veces en ‘El jardín del sur’ de las musas, la inspiración o cómo enfrentarse a las páginas en blanco. Lo hemos hecho con optimismo para intentar pasar el mal trago de no ser productivos de la mejor manera posible. Pues bien, hoy vamos a volver a tratar de la inspiración, pero desde un punto de vista diferente. Hoy vamos a hablar del nacimiento de una idea.

Las ideas son representaciones mentales que se ordenan en la fantasía para la elaboración de una obra, sea ésta de la índole que sea. Podríamos decir que nacen del ingenio o, si nos vamos a un plano empírico, de la experiencia. También pueden nacer, como decía Platón, del mundo inteligible, porque según él «son la única fuente de verdadero conocimiento». El caso es que vengan de donde vengan y surjan como surjan, las ideas son para el artista lo más importante y fundamental de toda la creación de una obra porque sin ellas, el artista no es nada. Y en la mayoría de los casos, todo comienza con un simple: «y si…» o «¿qué pasaría si…?».

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