Anochequedé en cuarto lugar en el Premio Planeta 2017con la novelaLa isla de las musaspresentada con el seudónimo deRicardo Pedreira Ulloa.
Fue una noche estupenda en la que disfruté mucho y conocí a personas muy interesantes que me dieron muy buenos consejos.
La isla de las musas es una novela muy especial, diferente, os lo aseguro, sobre el amor, la culpa, la inspiración y el olvido que espero y deseo que muy pronto podáis tener entre las manos. Merece convertirse en realidad.
En los próximos días pondré más fotografías de la cena y el transcurso del Premio. Prometido.
La andadura de El ladrón de sueños no ha sido un camino de rosas; no ha sido fácil. Desde que la escribí y el instinto me dijo que debía mandarla al Premio Planeta, donde quedó entre las finalistas, ha pasado mucho tiempo y ha tenido, hemos tenido, que atravesar un sendero muchas veces con demasiadas piedras. Por fortuna, la recompensa ha llegado y el recorrido, al final, ha merecido la pena.
Hoy hace un año que El ladrón de sueños vio la luz y haciendo balance de este tiempo me siento muy, pero que muy contenta.
El 29 de mayo del año pasado la novela se publicó y, poco a poco, gracias sobre todo al boca oreja, ha ido escalando posiciones en el interminable catálogo de libros de Amazon, donde se puede adquirir, hasta posicionarse entre los más vendidos. Sigue leyendo «Un año de “El ladrón de sueños”»
Hoy os acerco mi nueva web en la que encontraréis todo sobre mis novelas, fotografías, primeros capítulos, fondos de pantalla, noticias y reportajes, etc.
Es una página más dinámica e intuitiva que la anterior, y con un poco más de mí.
Con cautela, cuatro cartas fueron giradas desvelando el misterio que ocultaban. Una a una, fueron colocadas sobre un pequeño atril correspondiente al jugador y dictaron su sentencia.
Buena o mala. Justa o injusta. Allí estaba.
Carta roja: 35-40 años
Carta amarilla: pelirroja
Carta blanca: joya
Carta negra: india
La jugada no era la mejor; no era satisfactoria. El resultado no apuntaba optimismo. Difícil de localizar.
Al ángel negro le hubiera gustado gritar, lanzar los dados contra la pared o levantar el tablero de un manotazo, pero se contuvo. Guardó su malestar, su nerviosismo y su rabia, y lo escondió en lo más profundo de su ser. No podía mostrar debilidad frente al resto de jugadores. Además, se le había ocurrido una idea.
Los cuatro dados, dos azules, uno blanco y otro negro, con sus aristas redondeadas y tras un soplido irracional de pedida de suerte, como si el lugar fuera un casino, rebotaron con calma sobre el tablero. Giraron varias veces sobre sí mismos ante la expectación de los presentes, solo cinco personas pues no era un juego apto para débiles de corazón o de mente. No se permitía la duda o la vacilación. Tampoco el abandono.
Los dados rodaron hasta acabar, por fin, mostrando el destino a su lanzador. Los azules marcaron seis y dos. El blanco indicó uno y el negro, cuatro. Esos eran los números a avanzar por las tres diferentes y dispares líneas de casillas del tablero. Tres curvadas y tortuosas sierpes que se enredaban y enmarañaban entre ellas como serpientes en plena cópula.
La primera línea, añil, imprimía el tiempo. Cercano o lejano. Mucho o poco. Lapso temporal siempre con un principio y un final inexcusable y limitado. Se comenzaba ese día en el que los dados giraban, rebotaban y dictaban sentencia. Luego, el destino marcado por ellos revelaba cuándo se terminaba.