Apuntes de lectura. La huella emocional de los libros

¿Qué queda cuando cerramos un libro? Un repaso por cinco lecturas —desde Truman Capote hasta Karin Slaughter— y el rastro emocional que me han dejado. Una invitación a leer a través de los sentidos.

Los libros se quedan con nosotros de maneras muy distintas. A través de sus historias y personajes, sí, pero también por el rastro emocional que dejan mientras avanzamos en la lectura. A veces ese rastro es nítido; otras, incómodo; y, en ocasiones, casi inexistente.

Hoy quiero hablaros de estas huellas que los libros dejan, y lo hago a través de cinco lecturas muy diferentes entre sí. Son de distinta época, lugar, autor y género. Es, pienso, una forma de leer muy enriquecedora. Os animo por ello a que, cuando terminéis un libro, cerréis los ojos y penséis cuál es la sensación más intensa que os ha dejado. Podéis, si os apetece, anotarlo en la hoja final o, quizá mejor, al inicio. Una sola palabra podría ser suficiente. Sería muy interesante, no me lo negaréis, recuperar ese mismo libro pasado un tiempo y repasar las notas. Volver a esas páginas para comprobar si todavía sentimos lo mismo.

Estos son los cinco títulos que me sirven a mí para explicaros esta curiosa manera de leer y el registro de lo que han dejado en mí:

  • El señor Fox (Joyce Carol Oates)
    La sensación: incomodidad. La lectura avanza impulsada por una fascinación constante, pero nunca te ofrece un lugar seguro. La inquietud te acompaña durante todo el libro y te obliga a mantenerte alerta, sin posibilidad de acomodo.
  • El último aliento (Karin Slaughter)
    La sensación: indiferencia. Una lectura que se disuelve al cerrar el libro. Ha pasado por mis manos sin dejar huella, como si su recuerdo se negara a quedarse conmigo.
  • Hay quienes eligen la oscuridad (Charlie Donlea)
    La sensación: satisfacción. El valor del texto está en su engranaje narrativo. Me quedo, además, con un desenlace eficaz, bien calculado, que ordena el conjunto y deja la impresión de un mecanismo correctamente ejecutado.
  • Desayuno en Tiffany’s (Truman Capote)
    La sensación: hambre. El libro me ha dejado la imagen de unos croissants que, en realidad, nunca aparecen en la novela. Solo están en la adaptación cinematográfica. Junto al hambre, quizá me quede también la sed de un mundo de cócteles y la sociabilidad elegante y frágil que Capote construye con precisión.
  • La familia Vurdalak (Aleksey Konstantínovich Tolstói)
    La sensación: humedad. Es un relato que se siente en la piel. Al recordarlo vuelven a mí, con mucha intensidad además, el olor a tierra mojada, la niebla espesa del bosque y un frío persistente que recorre toda la historia.

Ya veis que terminar y cerrar un libro no es cerrar una puerta para siempre, porque cada lectura deja una impresión en nosotros que nos acompaña incluso tiempo después. A veces, es cierto, ese rastro es apenas un susurro, pero es suficiente para recordarnos que la literatura tiene el poder de transformar nuestra percepción del mundo y de nosotros mismos.


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