
Hoy se celebra el Día de las Escritoras y, más allá de los lemas institucionales que se eligen cada año, quiero recordar un hecho simple, pero muy importante. Y es que escribir, para una mujer, ha sido históricamente un acto de resistencia y, sobre todo, una forma de tender puentes.
¿A qué me refiero? A que un libro puede poner en contacto a dos mujeres muy diferentes que, aunque las separen siglos, países o experiencias vitales, comparten sentimientos e ideas similares. Una mujer escribe y, tiempo después, otra abre ese libro y encuentra en sus páginas algo que necesitaba leer, una pregunta que no se había hecho hasta ese momento o una manera distinta de mirar el mundo. Es maravilloso, ¿no os parece?
Por eso quiero que la celebración del día de hoy nos aleje, al menos durante un rato, de los nombres famosos o de los de siempre, porque también hay que dar espacio (y deberíamos hacerlo siempre) a escritoras desconocidas o menos populares. A nombres nuevos, o quizá silenciados, que reposan en estanterías, tanto físicas como virtuales, a la espera de ser leídos.
La literatura escrita por mujeres no cabe en un solo molde ni en una única lista oficial. Hoy habrá tantas listas como editoriales, instituciones, actividades o lectores. Por eso, yo apuesto por una que nazca simplemente de la curiosidad. ¿Cuál? La de abrir un libro de una autora de la que apenas sabemos nada y descubrir una voz que, sin saberlo, nos cambie la forma de mirar el mundo. Eso me pasó a mí con Jacqueline Harpman, por ejemplo, que es la escritora que primero me viene a la cabeza mientras escribo estas líneas, aunque hay muchas más. Descubridlas, por favor. No dejéis que los focos os impidan ver todo lo que queda fuera de ellos, que es mucho y muy valioso.
Feliz Día de las Escritoras a todas las que crean mundos, incluso cuando nadie parece estar mirando, y a quienes los descubren al abrir sus libros y hacen que esas historias sigan encontrando lectores.
PD: La fotografía que acompaña esta entrada es de hace ya bastantes años y soy yo, cuando nadie me conocía y el mundo era un lienzo en blanco lleno de infinitas posibilidades.
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