La estantería de los abandonos

En las baldas de mi despacho y en mi lector digital se acumulan cada vez más historias abandonadas.
¿Es culpa de mi paciencia o de la industria?

En las baldas de mi despacho, con cierta desidia, y en una carpeta llamada “no” de mi lector digital, se acumulan cada vez más libros. Son abandonos. Libros que no he sido capaz de terminar, bien por hartazgo o cansancio, o bien porque, sencillamente, la vida es demasiado corta para leer según qué cosas. Lo que me llama la atención —y la razón por la que escribo sobre ello aquí— es que, si echo cuentas, la proporción empieza a resultarme incómoda, ya que dejo uno de cada tres libros que caen en mis manos. ¿Cómo es posible?

A veces me pregunto si el problema soy yo. Si con los años me he vuelto una lectora más desconfiada o si, simplemente, he perdido la paciencia. Antes era más indulgente, he de reconocerlo, y si la historia me entretenía, pasaba por alto una edición algo descuidada, una traducción floja o una prosa débil. El argumento solía bastar para que todo lo demás quedara en segundo plano, siempre que no fuera un desastre absoluto, claro está. Pero ahora es distinto.

Cada vez me cuesta más encontrar un libro que me deje pegada a sus páginas. Noto una inanidad que, sinceramente, me inquieta. Y no me refiero a la ligereza que siempre ha existido y que todos disfrutamos alguna vez; es decir, la que ofrece simple diversión y desconexión. Esto es otra cosa.

Estoy cansada de novelas planas, escritas con prisa y publicadas sin demasiado cuidado. Cuando el lenguaje falla o el tono es inexistente, la historia, para mí, deja de funcionar. Tramas repetidas, diálogos interminables donde no existen los sinónimos, personajes sin profundidad, escenarios que parecen de cartón piedra… Libros que, cuando llevas un tercio de lectura, ya no puedes soportar más.

Las editoriales publican a un ritmo tan frenético que resulta imposible que todo lo que llega a las mesas de novedades tenga el mismo cuidado o la misma calidad. Y para darse cuenta de esto no hace falta ser un crítico experto ni tener una biblioteca inmensa. Basta con ser lector, porque el lector reconoce enseguida cuándo le están contando algo vacío.

Hubo un tiempo en el que dejar un libro inacabado me pesaba en la conciencia, pero esa etapa ya pasó. El tiempo es finito y nosotros también lo somos. Leo lo que quiero y, a veces, por trabajo o compromisos, también leo lo que no quiero, pero ese es otro asunto. Lo que ya no hago es leer por culpa. Prefiero dejar espacio para ese libro diferente, bien escrito, honesto, que de verdad merece que uno llegue hasta la última página.

De todas formas, como decía antes, quizá es cosa mía. Quizá sea yo…


Descubre más desde El jardín del sur

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.


2 respuestas a “La estantería de los abandonos

  1. Umberto Eco tenía una biblioteca inmensa y pensaba que, en realidad, era una bobada leerlos todos. Él pensaba que los libros eran una fuente de sabidauría, de asesoramiento, de ayuda. Por eso, no creía obligatorio leerlos todos.

    Yo también he abandonado libros a medio leer porque ya no podía seguir sufriendo más. El primero fue de Vargas Llosa, nada menos.

    Y también he abandonado libros mios mientras los escribía.

    Con el tiempo me he vuelto más selectivo. También con los libros y elijo mucho qué quiero leer.

    Y a veces, también lo aparco.

    Le gusta a 1 persona

Replica a Verónica García-Peña Cancelar la respuesta

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.