
En los albores de una nueva era, antes de llenar salas de cine y estanterías, el miedo moderno nació de un castillo, cuanto menos, peculiar y de un sueño inquieto. Ocurrió a mediados del siglo XVIII, en una época obsesionada con la lógica lineal y la simetría del Neoclasicismo.
Se suele señalar 1764 como el año de nacimiento del terror moderno gracias a Horace Walpole. Hijo del primer ministro británico, poseía una mente culta y una marcada inclinación por la excentricidad. Se dedicó a transformar su residencia en Twickenham, llamada Strawberry Hill, en un castillo neogótico repleto de torres asimétricas, pasillos oscuros y vidrieras por donde la luz apenas lograba abrirse paso.
Fue allí donde, tras despertarse de un extraño sueño en el que veía una gigantesca mano con armadura sobre la barandilla de la escalera, se sentó a escribir. El resultado se publicó en 1764: El castillo de Otranto, considerado el texto inaugural de la literatura de terror gótico. Al principio, para proteger su reputación como hombre ilustrado, Walpole ocultó su autoría y presentó el libro como la traducción de un antiguo manuscrito italiano impreso en Nápoles en 1529, rescatado de la biblioteca de una vieja familia católica. Esta trampa capturó la atención del público y avivó su curiosidad por los orígenes supuestamente históricos de la obra. El engaño funcionó y el éxito fue inmediato. Cuando los lectores descubrieron la verdad en la segunda edición, donde además el autor incluyó por primera vez la palabra «gótico» en el subtítulo —un término que hasta entonces solo se usaba para la arquitectura medieval y que aquí bautizó a todo un género literario—, la fascinación por estos relatos había comenzado, lo que influiría en generaciones de escritores.
Esta corriente, además, pronto se dio cuenta de que el miedo a menudo está vinculado al espacio que se habita. Los pasadizos subterráneos, los muros recubiertos de hiedra y los sótanos húmedos dejaron de ser simples decorados para transformarse en proyecciones del tormento de los personajes. En estos espacios oscuros y opresivos, cada rincón parece ocultar algo siniestro, mientras la penumbra se adueña del ambiente, lo que intensifica la sensación de agobio y claustrofobia.


Poco después, las escritoras asumieron el control del género para explorar sus límites, dando un nuevo enfoque a la literatura gótica. Clara Reeve propuso una narrativa más verosímil con El barón inglés (1777), que buscaba atenuar lo sobrenatural para acercarlo a la experiencia cotidiana y a las emociones humanas. Sin embargo, la madurez del estilo se alcanzó a finales de siglo con Ann Radcliffe y su célebre Los misterios de Udolfo. Radcliffe perfeccionó una técnica muy concreta (que hoy nos puede parecer trillada, pero que entonces era toda una revolución) que consistía en mantener una tensión incómoda durante muchas páginas, atrapando al lector entre la incertidumbre y la ansiedad, para revelar al final del relato que los supuestos fantasmas tenían una explicación lógica, ya fuera una simple corriente de aire o la maldad humana. Su habilidad para tejer una atmósfera de suspense, junto con complejos personajes, hizo que su obra destacara y sentó las bases para futuras autoras en el género.
El terror, pues, no surgió de los cementerios, aunque estos lugares siempre sean propicios, claro está, para una buena historia de miedo. Es cierto que poco antes existió la llamada Escuela de los Cementerios, una corriente de poetas británicos que escribían versos melancólicos entre tumbas, pero aquella era una tristeza contemplativa. El terror moderno, el de la adrenalina y el suspense, inició su camino más fuerte de la mano de autores que buscaban dejar atrás la rigidez de su tiempo y encerrar a sus personajes entre muros opresivos. Al asomarnos hoy a las páginas que escribieron, descubrimos cómo supieron ver, mucho antes de las corrientes modernas, que en el corazón de la civilización siempre hay rincones oscuros a la espera de esa chispa que encienda su verdadera naturaleza.
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