Cuando os hablé de Horace Walpole y el nacimiento del terror moderno, y os mencioné a Ann Radcliffe y su célebre Los misterios de Udolfo (1794), fuisteis muchos los que os interesasteis por esa corriente tan fascinante llamada gótico doméstico, así que vamos hoy a hablar de ella.
La primera literatura gótica, gestada a finales del siglo XVIII en plena época georgiana, quiso que el terror surgiera entre castillos, ruinas medievales y antiguas maldiciones; sin embargo, con el paso del tiempo y, especialmente, durante la época victoriana —tan dada ella al decoro y a las apariencias— el género desplazó poco a poco el foco hacia la esfera doméstica. Los espectros cedieron su sitio a un terror que nacía y crecía en el corazón de las mansiones inglesas. Conforme avanzaba el siglo XIX, la rigidez social y el peso de las convenciones alimentaron la idea de que el peligro ya no venía necesariamente del exterior, porque podía encontrarse en el esposo autoritario, el ama de llaves silenciosa o la locura hereditaria. El horror se volvió íntimo y se volvió, sencillamente, familiar.
Las escritoras victorianas y de entresiglos pronto entendieron que para perturbar al lector no hacía falta recurrir a grandes leyendas medievales. La herencia gótica se adaptó con habilidad a lo cotidiano transformando, por ejemplo, los elementos arquitectónicos en reflejos precisos del tormento mental de sus personajes. De este modo, el imponente castillo redujo su escala para convertirse en la respetable casa de campo. Las torres asimétricas se transformaron en desvanes cerrados con llave; los pasadizos subterráneos pasaron a ser pasillos oscuros mal iluminados; y los sótanos húmedos comenzaron a custodiar los secretos inconfesables de las familias de clase alta. Se mantuvo intacta, eso sí, la misma sensación de claustrofobia.
Así, pues, el peligro adoptó el rostro de la cotidianidad, esa jaula invisible que aprisionaba a las mujeres entre las cuatro paredes del hogar. Una asfixia que la estadounidense Charlotte Perkins Gilman retrató muy bien en su relato El papel amarillo o El empapelado amarillo (1892), donde una habitación decorada con un inocente papel de pared se transforma en la celda médica y psicológica de su protagonista.
Este camino de introspección y opresión doméstica encontró raíces firmes con autoras como las hermanas Brontë —con esa atmósfera salvaje y agobiante que asoma en novelas como Cumbres Borrascosas (1847)—, si bien creo que alcanzó su forma más célebre en pleno siglo XX de la mano de Daphne du Maurier y su inmortal Rebeca (1938). Esta novela, una de las grandes herederas de esta tradición gótica, perfeccionó la idea de la casa como un ente vivo y devorador. En Rebeca, la mansión Manderley se erige como un auténtico monstruo en la historia. Nos topamos con una casona idílica por fuera, aunque totalmente corrupta por dentro, donde el recuerdo de la primera esposa pesa más que cualquier fantasma real. Du Maurier nos enseñó que el suspense puede vestirse con la angustia de una protagonista sin nombre, atrapada en una red de verdades a medias, un esposo distante y la inquietante (y constante) presencia de la señora Danvers, el ama de llaves; es decir, con un trauma psicológico y un control absoluto sobre el espacio habitado.
Ya en la literatura moderna y contemporánea, este monstruo entre paredes encontró nuevas e inquietantes formas de manifestarse gracias a autoras como Shirley Jackson, maestra indiscutible del terror psicológico del siglo XX, que recogió el testigo de esta tradición en, por ejemplo, Siempre hemos vivido en el castillo (1962). En sus páginas, Jackson nos hace partícipes de una claustrofobia provocada por el propio deseo de las protagonistas de aislarse del mundo, encerradas dentro de una casa que es, a la vez, refugio y fortaleza maldita.
Al mirar hoy hacia atrás, el gótico doméstico demuestra que no necesitaba espectros escondidos en la niebla para helarnos la sangre. Su fuerza residía y reside en enfrentarnos a la idea de que el miedo más peligroso se esconde tras una taza de té, en el silencio de un salón impecable, aguardando en la sombra a que las luces de la noche se apaguen por completo.
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Felicidades por el artículo, me ha gustado mucho.
A mí siempre me ha gustado mucho el terror gótico inglés, y Los misterios de Adolfo me parece bastante divertido, si es que esa es la palabra 😊.
Me gusta mucho también una novela de Jane Austen, que quizás no es de las más famosas, La abadía de Northanger, que es una especie de sátira de este tipo de novelas, o sea, una especie de Don Quijote con las de caballería.
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¡Muchas gracias! Me alegra que te haya gustado el artículo. Y sí, creo que divertido es una buena palabra para ‘Los misterios de Udolfo’. Sobre ‘La abadía de Northanger’, me has dado ganas de releerla. En cuanto pueda, me pongo con la relectura porque creo que da para una buena crítica, precisamente por esa mirada irónica de Austen sobre las novelas góticas y sobre quienes las leemos.
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