
Confieso que siento debilidad por esas palabras que un día fueron habituales y que, casi sin darnos cuenta, hemos dejado de usar o hemos cambiado por otras expresiones. Así pues, tras dar cobijo en este rincón a la toquilla y a los pololos, la palabra huérfana de este mes es balde.
Conoceréis la palabra balde (más allá de su definición clásica) por la expresión «en balde», aunque lo cierto es que cada vez se escucha menos. Hoy solemos decir «en vano», «para nada» o «no sirvió de nada» mientras esta vieja locución desaparece poco a poco de las conversaciones cotidianas. Sin embargo, es una forma preciosa de expresar una idea muy concreta. Ya veréis.
Hacer algo en balde significa realizar un esfuerzo sin obtener el resultado esperado. ¿Y qué puede tener eso de bueno? Más de lo que a simple vista parece, porque detrás de esa acción inútil hay, en realidad, tiempo, ilusión o esperanza. Quizá por eso tiene un matiz que otras expresiones no terminan de transmitirme. No es lo mismo decir que alguien «esperó para nada» que afirmar que «esperó en balde». En esta última frase parece concentrarse más frustración. Quizá la ilusión perdida de quien puso su empeño en algo que nunca llegó a suceder.
Su origen se remonta al árabe hispánico báṭil, que significaba «vano», «falso» o «sin valor». Desde allí pasó al castellano medieval y terminó asentándose en nuestro idioma, especialmente en esta locución que la literatura ha conservado durante siglos. Cervantes la utilizó con naturalidad, al igual que Lope de Vega, Quevedo o Benito Pérez Galdós. Para ellos era una expresión corriente, aunque para nosotros empiece a sonar casi como restos de otra época.
¿No os resulta curioso que perdamos una expresión tan breve y expresiva? Tal vez sea porque —es así y no podemos negar la evidencia— el lenguaje también sigue modas y, del mismo modo que unas voces aparecen, otras se van quedando arrinconadas en la oscuridad del diccionario sin que exista una razón concreta. Simplemente dejamos de usarlas.
No se trata, tampoco es eso, de hablar como hace dos siglos, pero sí de intentar que nuestro vocabulario no se evapore. ¿Por qué no ganar riqueza al escribir, hablar y expresarnos cuando disponemos de tantas herramientas para nombrar una misma realidad? Cada palabra aporta un matiz diferente, y renunciar a ellas es, en cierto modo, renunciar también a una parte de nuestra forma de pensar. Algo que me resulta cada día más triste. De hecho, según los últimos informes de la Real Academia Española, cada vez usamos menos palabras para comunicarnos.
Así que aquí queda el rescate de este mes: «en balde». Intentad usarla y, quién sabe, a lo mejor descubrimos que, en realidad, a pesar de las apariencias, nunca estuvo pasada de moda.
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La palabra balde también se usaba para llamar a un recipiente grande donde nos bañaban de niños en las casas que aun no tenían duchas. Yo vivía en Sotrondio-del concejo de San Martin del Rey Aurelio-
jesusgarciaperez.pediatra@gmail.com
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