‘Cambios de humor. Cambios de puntuación’

El punto se enfadó, se le erizaron los pelos y se puso como un asterisco.
Copyright © 2019 Verónica García-Peña

El punto se enfadó, se le erizaron los pelos y se puso como un asterisco.
Copyright © 2019 Verónica García-Peña

FIN
Érase una vez un hombre que no quería morir. Luchó tanto por conseguirlo que se hizo inmortal. Una pena que la muerte no estuviera al tanto.
Copyright © 2018 Texto: Verónica García-Peña

Trazó mil estrellas, brillantes, preciosas, para poder formar tu imagen. Al contemplarlas, divisó tus ojos y sobre el eterno mar las fundió para crear tu cuerpo.
Te amó en silencio como la lluvia ama las flores; en silencio como la armonía ama a las notas musicales. En silencio…
Una mudez que a menudo era la balada de esa pasión furibunda que su alma siente por ti y, otras veces, fuga camino de la locura.
Eras la nota de laúd que surca el tiempo hasta colmar su mente de quimeras. Antes, si nadaba en el mar donde naciste, la luna le daba tu cuerpo y la brisa tu aliento.
Esos hermosos broches que eran tus ojos, verdes, albahaca, empujaron su pluma y le hicieron trazar la mejor de las historias; la más bella y hermosa.
Le dejaste amarte con locura y pasión. Le dejaste entrar sin vacilar en tu mundo apretando entre tus manos su vida, su alma y su mente, y mientras esa fusión se consumía, la luna se apagó y tú, ese ángel con el que la noche en vela abraza al poeta, se fue. Te fuiste.
Hoy tus alas forman un corazón roto, como el suyo cada vez que mira las estrellas y tú no apareces. Estrellas que ora no brillan como antes; estrellas que ora no se funden con el mar.
¡Ah, numen que ayer hablabas al poeta! ¿Dónde estás?
Sigue leyendo «Mil estrellas»
«De todas formas, pensó, ¿qué puede haber dentro de un armario?», y avanzó hacia él.
Mientras iba a abrirlo, volvió a escuchar el mismo ruido, pero, esta vez, sonó mucho más fuerte. Pilar retrocedió asustada. Desde pequeña había sido tímida y, sobre todo, cobarde. Nunca se había atrevido a ir a oscuras por la casa, a mirar por encima del hombro —por si alguien o algo la seguía—, o a echar un rápido vistazo, por la noche, debajo de la cama. ¿Y si miraba y había algo?
Sigue leyendo «‘La sombra’»Con cautela, cuatro cartas fueron giradas desvelando el misterio que ocultaban. Una a una, fueron colocadas sobre un pequeño atril correspondiente al jugador y dictaron su sentencia.
Buena o mala. Justa o injusta. Allí estaba.
Carta roja: 35-40 años
Carta amarilla: pelirroja
Carta blanca: joya
Carta negra: india
La jugada no era la mejor; no era satisfactoria. El resultado no apuntaba optimismo. Difícil de localizar.
Al ángel negro le hubiera gustado gritar, lanzar los dados contra la pared o levantar el tablero de un manotazo, pero se contuvo. Guardó su malestar, su nerviosismo y su rabia, y lo escondió en lo más profundo de su ser. No podía mostrar debilidad frente al resto de jugadores. Además, se le había ocurrido una idea.
Sigue leyendo «El ángel negro (Segunda parte)»