
Han pasado once años desde que escribí por primera vez sobre este tema (sobre el escritor que no lee) y mi opinión al respecto sigue siendo la misma: para escribir, hay que leer. No obstante, desde entonces el escenario se ha vuelto más áspero porque, si entonces me preocupaba que a algunos textos les faltara la magia que proporciona el haber leído mucho y de todo, hoy ese algunos ya no es tal. Hoy pienso, aun a riesgo de parecer en exceso pesimista, que nos rodean textos firmados por personas que quieren el sustantivo (ser escritores), pero desprecian el verbo (leer).
Muchos de estos autores sufren del llamado complejo de Adán. Esto es: quien no lee, cree que está descubriendo el fuego en cada párrafo. Ignoran que su dilema narrativo inédito ya lo resolvió un ruso en el siglo XIX o que su personaje nunca antes visto ya lo había escrito una señora inglesa desde la soledad de un matrimonio infeliz. También hacen pasar hambre al vocabulario o lo tienen a dieta porque tienden a repetir las palabras hasta la saciedad.
El escritor que no lee se consume a sí mismo, pues, al privarse de las ideas, estilos y perspectivas que otros autores ofrecen, limita su propia creatividad y su capacidad de expresión. La lectura enriquece el vocabulario y proporciona un marco de referencia que estimula la imaginación y permite la conexión entre diferentes conceptos. Sin el alimento que representan las palabras de otros, el escritor se encuentra atrapado en una burbuja de soledad literaria en la que sus pensamientos carecen de profundidad y, por supuesto, de contexto. Así, se convierte en un creador estéril, incapaz de aportar algo nuevo al mundo de las letras.
Hace más de una década defendía que la lectura educa la cabeza y el corazón para que, cuando batallen por gobernar las manos de quien escribe, algo valioso se plasme en el papel. Me reafirmo. Leer te calibra y te demuestra que el lenguaje es elástico y a la vez muy resistente. El que lee mucho se inspira, mastica, asimila y termina por tener una voz propia.
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