El contrato

Ahora que tengo próximo tu aliento, no sé si debo acercarme más. Quizá corresponda, pero mi condición me lo impide. No está bien que nos relacionemos.

¿Por qué? Tú lo sabes bien. No deberíamos ni hablar.

No juegues conmigo. No llores. No derrames ni una sola lágrima más, pues no conseguirás convencerme. Solo enloquecerme.

Haces que mi conciencia, de la que carezco, aparente real cuando no lo es. ¿Acaso no ves que por mucho que supliques no está en mi naturaleza sentir compasión? Yo no sé qué es la compasión. Tampoco la misericordia. No me implores porque no te servirá de nada.

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No está permitido soñar

Hoy quiero compartir con vosotros una pequeña reflexión. El otro día estuve mirando por la ventana el ir y venir de gente por un parque cercano a mi casa. Algunos iban con niños y otros solos. Mientras les observaba, intenté imaginar sus vidas, ilusiones y sus sueños. Intenté averiguar qué es lo que quieren conseguir de la vida.

Sí, lo sé. Fue una ocurrencia un poco tonta. No se puede saber de verdad qué piensa la gente solo con mirarla. Se puede imaginar, pero no saber. Son viejas costumbres de una socióloga observadora con mucha imaginación. El caso es que viendo sus prisas, sus rostros y gestos, llegué a la conclusión de que la mayoría de esas personas, salvo los niños, ellos, por el momento y por fortuna, van por libre, ya no tienen más ilusión que la de sobrevivir.

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La curiosidad mató al gato, pero la satisfacción lo trajo de vuelta

Desde pequeña, siempre he oído ese refrán que dice que “la curiosidad mató al gato”. Una forma de indicarnos que no fuéramos indiscretos, entrometidos o cotillas. Pero también, desde bien pequeña, yo siempre he apuntado que “la satisfacción lo trajo de vuelta”. Y es que así lo creo.

Cierto que hay diferentes tipos de curiosidad: la sana y la malsana. De la última, la malsana, no voy a decir nada, pues todos sabemos en qué consiste y para qué sirve, que no suele ser para nada bueno. Voy a hablar de la primera, de la curiosidad por observar, descubrir, descifrar, investigar y explorar. Ver más allá de lo que a simple vista se nos presenta. No conformarnos.

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Cuando empecé Sociología, muchos eran los profesores que nos decían que para ser un buen sociólogo era importante saber observar y ser muy curioso. Después, en periodismo, otros dijeron lo mismo. Un periodista debe indagar, preguntar, curiosear… En ambos casos uno debe plantarse el porqué de las cosas. Como escritor, añado que es muy importante ser curioso y tantear qué hay más allá de lo que vemos. Así pueden nacer estupendas historias. No conformarse con lo que la supuesta realidad nos regala e investigar y escarbar un poco más. Soplar el polvo que la cubre y así averiguar cosas interesantísimas que, de otro modo, nunca hubiéramos descubierto. Si seguís leyendo, entenderéis mejor a qué me refiero.

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