Hoy os traigo algo muy especial. Como sabéis, ya tenéis a la venta mi nuevo libro, Guardianas de las tierras del norte, un ensayo escrito junto al historiador Javier Solís e ilustrado por Sandra Márquez en el que exploramos la importancia de la mujer en la mitología vasca y asturiana. Este libro es un ensayo, sí, pero en él no solo hay divulgación. En él también encontraréis cuentos inéditos escritos por mí, inspirados en las leyendas e historias de las que hablamos en la obra, y que cierran cada capítulo.
Por eso, para celebrar el lanzamiento, he querido escribir aquí un relato más corto y exclusivo para vosotros. Una historia que no encontraréis en el libro, pero que respira su misma esencia: esa fuerza telúrica y femenina que habita en nuestras tierras. Espero que os guste.

La marca violácea
A finales de los años treinta, el sonido de los fusiles en las cuencas mineras se mezclaba con un silencio insano que se alimentaba de los que se quedaban atrás. En la aldea, todos decían que la pequeña Adela, cada día más pálida, se consumía por la falta de pan o, tal vez, por el aire viciado de los sótanos en los que se resguardaban. Solo su abuela, que dormía con unas tijeras bajo la almohada, sabía que el hambre de la guerra no deja unas marcas violáceas en el muslo de una niña.
Una noche en la que el viento del norte sacudía los castaños desnudos como los bailarines de una danza macabra, una sombra se filtró por la rendija de la puerta del sótano. No era un soldado. Tampoco un fantasma. No era el frío ni la propia muerte. Nada de todo eso entraba por el ojo de la cerradura. Era una anciana de dedos como sarmientos y un único diente, largo y afilado, que brillaba con una luz turbia. La Guaxa, la llamaban, y ella ni entendía de bandos ni le interesaban. Solo buscaba la vida que fluía bajo la piel joven.
Se acercó al jergón con la levedad del humo negro, pero antes de que pudiera clavar su colmillo en la carne de la pequeña, la mano de la abuela surgió de la penumbra. Se escuchó el chasquido del acero cruzando el aire y algo se rasgó. La sombra retrocedió, maldiciendo entre dientes mientras se perdía en la oscuridad. Al amanecer, Adela recuperó cierto color en las mejillas y, en el umbral de la casa, apareció un mechón de pelo cano, áspero como el alambre, que el viento enseguida se llevó con él.
Podéis conseguir vuestro ejemplar de Guardianas de las tierras del norte en librerías, en la web de Uve Books y en plataformas online. Para los que estéis interesados en saber más sobre los detalles del último libro, os dejo aquí una nota de prensa con toda la información disponible: Dossier de prensa de Guardianas de las tierras del norte.
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